akrouh
11/01/2007, 03h33
APROXIMACIONES
Diario de León, Domingo, 26 de mayo de 2002
Mouloud Feraoun no es el primer escritor magrebí de lengua francesa, puesto que forma parte de ella precedido, entre otros, de forma muy prestigiosa por el también cabileño Jean Amrouche. Sin embargo, representa, para una gran mayoría, la primera referencia de la literatura argelina de lengua francesa de los años cincuenta.
Mouloud Feraoun:
el hombre y el terruño
LEONOR MERINO
Su primera obra, El Hijo del pobre, fue sin duda la más leída de esa corriente literaria norteafricana. Pero fue sobre todo su asesinato (el 15 de marzo de 1962 a los 49 años, junto a dos argelinos y tres franceses), cometido por la organización contra la independencia de Argelia (O.A.S.), lo que atrajo la atención del público sobre su persona y obra, puesto que una gran parte de la primera generación de profesores, después de la independencia argelina (3 de julio de 1962), se reconocieron en él, incluyéndole en el programa impartido en lengua francesa.
Esta obra, que fue comenzada en abril de 1939 y publicada en 1950 por cuenta del autor -los mil ejemplares se agotaron en pocas semanas-, recibió el gran premio literario de la Ciudad de Argel en diciembre de 1950. Pero, desafortunadamente, fue amputada, en su reedición de 1954, de unas cuantas decenas de páginas, las más entrañables sobre la adolescencia del autor, así como del subtítulo, Menrad maestro cabileño, que más tarde se recogieron en El Aniversario: título que también contiene cuatro capítulos de la novela con el mismo nombre -que quedó interrumpida por su muerte-, junto con los estudios publicados en revistas.
A mano, desde el principio al final y por tres veces, recopió Feraoun su manuscrito del Hijo del pobre antes de enviarlo al editor. Pensó que su vida podía merecer la pena narrarla. Ser testigo de su sociedad, "traducir el alma cabileña" y "mostrar que los cabileños son hombres como los otros".
Contrariamente a sus obras posteriores, la novela La Tierra y la sangre (título cruelmente simbólico para el autor que recibió el premio Populista) y Caminos ascendentes (colección de retratos y escenas natales por la que fue atacado y donde el héroe incomprendido se exilia), El hijo del pobre no tuvo intención de ser obra literaria: "El pobre Menrad es incapaz de filosofar [...] carece de imaginación".
Como muchos textos surgidos de espacios socioculturales, deseó ser una autobiografía -como lo indicaba el título- con valor puramente documental: dimensión subrayada por la ficción del cuaderno escolar del maestro Fourouloud Menrad (en realidad anagrama de Mouloud Feraoun). El narrador, a un mismo tiempo sujeto y objeto, apunta perfectamente al testimonio directo, a un documento interior, pero en un lenguaje que domina -la lengua francesa- porque ha surgido del espacio para el que habla, puesto que es, como profesor y escritor, producto de la cultura a la que se dirige.
Luego, si el texto se presenta como deseo de un testimonio sin pretensión literaria y destinado a una lectura puramente documental, el héroe representativo de la sociedad cabileña no permanece como "hijo del pobre", puesto que por ser profesor, como el autor, nos narra su propia historia y con ese hecho (¿se disculpa?) ensalza la civilización que le ha extraído de la pobreza: a él, que vive "en el país de los ciegos".
Dicha descripción espera una lectura documental, incluso si el lector va a quedar seducido por una gran sonrisa enternecedora, que se encuentra en gran parte del texto. Sin embargo, desde su principio todo el arte del narrador consiste en representar un dual sistema de referencias.
El escritor cabileño nació el 8 de marzo de 1913 y murió asesinado a manos de la organización contra la independencia de Argelia
Obras
Mouloud Feraoun, Le Fils du pauvre, Menrad instituteur kabyle, Le Puy, Cahiers du Nouvel Humanisme, 1950, 206 p. Reed., París, Le Seuil, 1954, 133 pp. Reedición publicada sin el subtítulo y truncada de cincuenta páginas (recogidas en El Aniversario, París, Le Seuil, 1972, 143 pp., bajo el título Fouroulou Menrad). Traducción de la edición de 1954: Malika E. López, El hijo del pobre (Del Oriente y del Mediterráneo, Madrid, 2001, 187 pp.). Presentación:Malika E. López y Gonzalo Fdez. Parrilla. Novela de resonancias autobiográficas.
Mouloud Feraoun, La Terre et le Sang, París, Le Seuil, 1953, 254 pp. Novela.
Mouloud Feraoun, Les chemins qui montent, París, Le Seuil, 1957, 222 pp. Novela.
Mouloud Feraoun, Les poèmes de Si Mohand (edición bilingüe), París, Les Éditions de Minuit. Poemas.
Mouloud Feraoun, Lettres à ses amis, París, Le Seuil, 1969, 207 pp. Correspondencia.
Mouloud Feraoun, Journal, 1955-1962, París, Le Seuil, 1962, 349 pp.Diario.
Puntos de vista
Por un lado, comparte el punto de vista de la cultura francesa de la que forma parte como autor del relato. Por otro, la oposición entre "vosotros", que designa a los turistas, y "nosotros", con el que se identifica a la sociedad cabileña de la que procede, desarrolla la ambigüedad del proyecto literario.
Respuesta significativa a una situación histórica e incluso socioeconómica, y a una vida cotidiana particular: la del hombre colonizado, no desvelado a sí mismo, y buscando ser él mismo. De ahí que la actitud de este maestro parece decir al colonizador: "¡Qué quiere, nuestra gente es así!".
Esta distancia respecto a los suyos -que ofrece el conocimiento-, hace que, por ejemplo, la religión se muestre lejana y discreta. Así, la descripción de las mezquitas del pueblo es reveladora: "También hay dos mezquitas. Tienen manifiestamente menos importancia que las yemáas. Vistas desde fuera, se parecen al resto de las casas vecinas. En el interior, el suelo está cementado y las paredes enjalbegadas con cal. Un vacío desolador en su sencillez. Los ancianos que van allí a rezar parecen pertenecer a otro siglo".
A pesar de haberse expresado discretamente con el fin de no molestar a sus compatriotas, en una época en la que el Islam se ataviaba de prestigio contra la resistencia a una política colonizadora de despersonalización, queda explicíta la ideología laica en este escritor de la primera generación de la literatura magrebí de lengua francesa. Pero de todas formas, sus novelas están esmaltadas con fórmulas de educación piadosas, a veces irónicas, que surgen al hilo de los diálogos y que quedan integradas en ellos en forma de proverbios o refranes, puesto que Feraoun se interesó por la tradición oral así como por su recolección. Prueba de ello es la traducción, entre otras, de Los Poemas de Si Mohand.
Luego, ante todo, es necesario señalar que su obra está sellada con el himno a su patria natal, allí donde están enterrados sus ancestros. Armonía con la tierra, condicionada por una presencia ininterrumpida hacia ella, considerada en cierto sentido como el deber de ser siempre fiel a la gleba.
Luego aunque profundamente vinculado a su terruño, Feraoun no debería ser considerado como un escritor regionalista, puesto que este lazo, en la historia de Cabilia en particular y de Argelia en general, lejos de encerrarlo, no es más que el punto de partida de la historia de un pueblo colonizado combatiendo por lograr su independencia.
Feraoun, discreto, modesto, enemigo de la violencia y vinculado al humanismo tradicional de la Universidad, creía firmemente en el acercamiento final, entre franceses y argelinos, por medio de la cultura. Como también era consciente de un cierto estancamiento que le producía la náusea de un gran vértigo: "Ante los ojos de mis compatriotas, ante los ojos de los que sufren y luchan, aparezco como alguien tibio y que tiene miedo a alcanzar la verdad. Ante los ojos de los agitadores políticos, no soy más que un vulgar vendido. Para mí, soy simplemente un ambicioso que ha sobreestimado su responsibilidad de escritor" (Cartas a sus amigos).
Esta cita extraída de su correspondencia -perdida en su mayoría y mantenida con sus amigos- ofrece reflexiones, pinceladas, retazos de vida, que reflejan el espíritu de un finísimo psicólogo, como lo era Feraoun. Pero, ante todo, reflejan frescura, autenticidad, cuando las cartas no se escriben sabiendo de antemano que van a ser pulicadas.
Sólo el funesto destino del escritor dio lugar a que llegaran a ver la luz.
Diario de una muerte rampante
Entre 1955 y 1962, por tanto casi durante toda guerra de Argelia (los primeros disparos y bombas por la liberación se dejaron oir el 1 de noviembre de 1954), Mouloud Feraoun mantuvo un diario en el que anotaba, cada día, todos los acontecimientos que veía producirse a su alrededor, en especial los relativos al combate de Argelia contra Francia por lograr su independencia.
Una atmósfera angustiosa, agobiante, impregna estas páginas que tal vez sean las más hermosas escritas en plena guerra argelina, debido, en especial, a su tono intenso, fiel a la realidad.
Crónica de años sangrientos, desgarradores para ambas partes en conflicto, pero, tal vez, más para Feraoun, que compartía su solidaridad con los suyos y que, por entonces, también era director de una escuela francesa.
Drama, por tanto, visto con toda la terrible agudeza. El miedo visceral, la muerte presente, citándose, cada noche, al volver la esquina de una calle.
Testigo de su tiempo, según su calidad temperamental y humana, confiesa Feraoun: "Los que han sufrido, los que han muerto podrían decir cosas y cosas. Yo he deseado, tímidamente, decir algo en su lugar.Y lo digo de todo corazón, con lo que puedo tener de discernimiento y de consciencia ".
Una profunda ambigüedad se reaviva en el alma del escritor: "Cuando digo que soy francés, me otorgo una etiqueta que los franceses rechazan. Me expreso en francés, he sido formado en la escuela francesa.
Conozco tanto como un francés medio. ¿Pero qué soy yo, Dios santo? ¿Es posible que existan tantas etiquetas y que yo no tenga la mía? ¿Cuál es la mía ¡Que me digan lo que soy! ¡Ah! Sí, querrían tal vez que finja creerlo. No, no es suficiente".
Nos encontramos ahora en diciembre de 1955. Por parte de los compatriotas argelinos, se le reprocha a Feraoun predicar la asimilación con el francés. Entonces, perplejo, anota en su Diario: "Mis personajes se han vuelto hacia Occidente y esperan todo de Occidente [...] Mis compatriotas esperan de mí o habrían esperado libros más audaces, libros nacionalistas, predicando el divorcio y nada más. El divorcio de un matrimonio en el que nosotros solos correríamos con el gasto".
Titubeante ya -ante todo desgarrado-, presintiendo que cualquier hecho narrado o cualquier otro detalle observado puede convocar la desgracia en lugar de aliviarla, Feraoun se mantuvo, pudoroso, a cierta distancia y en cierto silencio. Pero, ahora, definitivamente, se pronuncia a quemarropa: "Lo cierto es que jamás existió unión. Los franceses permanecieron aparte. Los franceses permanecieron extranjeros. Creían que Argelia era ellos. Ahora que nos consideramos bastante fuertes o que los creemos algo débiles, les decimos: No, señores, Argelia somos nosotros. Vosotros sois extranjeros en nuestra tierra. ¿Qué hubiera hecho falta para amarse? Conocerse, primero, ahora bien no nos conocemos [...]. Durante un siglo, nos hemos codeado sin curiosidad, no queda más que recoger esta indiferencia reflejada que es lo contrario al amor".
Su drama, su grandeza también, fue ser hombre fiel a los valores de moral universal. Respetuoso, honrado, enemigo de toda violencia -ante la que tuvo que ceder-, su conciencia rechazaba cualquier muerte y condenaba los excesos que justificaban cualquier fin. Pero, también, va sintiendo flaquear su fe depositada en el hombre.
Y, como Tomás Hobbes, olfatea que, en ciertos instantes, el hombre es un lobo para el hombre: "Ahora he comprendido. Inútil ir más lejos. Puedo morir hoy, ser fusilado mañana: sé que pertenezco a un pueblo digno que es grande y permanecerá grande, sé que acaba de sacudir un siglo de sueño donde una injusta derrota lo ha sumergido, y que nada ya lo volverá a sumergir en él, que está dispuesto a caminar hacia adelante para asir a su vez esa antorcha que se arrancan los pueblos, y sé que la guardará mucho tiempo".
Vil asesinato
Su vil asesinato, en El-Bihar, puso fin a este Diario suyo. En 1959, tres años antes de caer por tierra, en una carta a su amigo y escritor francés de origen español, Emmanuel Robles (en otoño de 1950 le dedicó El Hijo del pobre:
"A R., con el riesgo de parecerle ridículo"), le explicaba que Camus y los demás escritores de la que se denominó Escuela de Argel -a la que Robles también pertenecía- habían sido quienes primero dijeron a los argelinos, "esto es lo que somos. Entonces nosotros, por nuestra parte os hemos respondido: esto es lo que somos. Así comenzó entre vosotros y nosotros el diálogo.
Quedó en suspenso. Fue necesario batirse".
Difícil comunión, en toda su verdad; tanto más cuanto que el magrebí sentía su identidad tocada en la mayor profundidad.
Emmanuel Robles, que conocía bien a Feraoun -a quien había "lanzado" desde que entró en la Escuela Normal de Bouzaréa en Argel y que colaboró en la revista Le Profane que el mismo Robles dirigía-, lo describió así: "Un muchacho muy tranquilo, muy dulce y muy estudioso. En la escuela, era el que más leía: ¡devoraba! Sentía culto por los [escritores] rusos -que le marcaron mucho- y por los escritores franceses del siglo XVIII. Fui yo quien hizo que descubriera a los americanos: Dos Passos, Faulkner. Él no conocía más que a Hemingway" Ante todo, era feliz Feraoun porque Argelia y los argelinos estuvieran presentes en la literatura, como hombres con los mismos valores a otros hombres bajo otro firmamento.
Driss Chraïbi, autor marroquí que he traducido y ya conocido, lo defendió -él que igualmente había sufrido tanto- con su tono lúcido y sin vuelta de hoja: "Con riesgo de resultar odioso, yo también le debo el haberme enseñado la paciencia y la ausencia total de pasión".
Y otro escritor prolífico marroquí, Abdelkébir Khatibi, añadió: "Hombre generoso y prudente, ganado un poco tarde para la causa nacionalista y que no quería hacer daño a nadie.
¿Era posible en un mundo de odio, de violencia y de lucha encarnizada?".
Feraoun, de ingenua voluntad, deseó servir de frontera entre unos y otros: su pueblo y los franceses nacidos en suelo argelino. Aquellos que venidos de Francia o con algunas raíces en Argelia la llamaban patria, una patria singular formada por varios pueblos, a un mismo tiempo enlazados y divididos por la historia, a la búsqueda, en largo conflicto, por la unidad.
Pero Malek Haddad, escritor también argelino de elevada poética escritura y que silenció su pluma ante tanto desgarro, se había ya pronunciado: "No es argelino quien quiere serlo. El escritor es más producto de la Historia que de la Geografía".
En alerta ya su intuitiva alma o tal vez sintiendo la cercana muerte rampante inundando sus vísceras, Feraoun escribió una carta, en 1962, al escritor francés del Magreb Jean Pélégri, con motivo de haber sido asesinado por la O.A.S. un amigo común europeo: "Con Robert es un poco todos vosotros, europeos, a quienes han matado.Y si un día la cosa me sucediera, podréis llorar también, pensando que conmigo es un poco todos vuestros hermanos musulmanes -los que a vosotros se asemejan- quienes han caído".
Novelista por excelencia de la tierra cabilia, al lado de Mouloud Mammeri, Malek Ouary y Marguerite-Taos Amrouche, su obra permanecerá para siempre como testimonio valioso de la sociedad argelina.
En Tizi-Hibel, donde nació pobre el 8 de marzo de 1913, descansa el cuerpo de este escritor cabileño, Mouloud Feraoun, cuyo pensamiento más doloroso, al igual que el de Jean Amrouche, era morir y ser enterrado en tierra extranjera.
*****
http://dzlit.free.fr/lmerinoa1.html#260502
Diario de León, Domingo, 26 de mayo de 2002
Mouloud Feraoun no es el primer escritor magrebí de lengua francesa, puesto que forma parte de ella precedido, entre otros, de forma muy prestigiosa por el también cabileño Jean Amrouche. Sin embargo, representa, para una gran mayoría, la primera referencia de la literatura argelina de lengua francesa de los años cincuenta.
Mouloud Feraoun:
el hombre y el terruño
LEONOR MERINO
Su primera obra, El Hijo del pobre, fue sin duda la más leída de esa corriente literaria norteafricana. Pero fue sobre todo su asesinato (el 15 de marzo de 1962 a los 49 años, junto a dos argelinos y tres franceses), cometido por la organización contra la independencia de Argelia (O.A.S.), lo que atrajo la atención del público sobre su persona y obra, puesto que una gran parte de la primera generación de profesores, después de la independencia argelina (3 de julio de 1962), se reconocieron en él, incluyéndole en el programa impartido en lengua francesa.
Esta obra, que fue comenzada en abril de 1939 y publicada en 1950 por cuenta del autor -los mil ejemplares se agotaron en pocas semanas-, recibió el gran premio literario de la Ciudad de Argel en diciembre de 1950. Pero, desafortunadamente, fue amputada, en su reedición de 1954, de unas cuantas decenas de páginas, las más entrañables sobre la adolescencia del autor, así como del subtítulo, Menrad maestro cabileño, que más tarde se recogieron en El Aniversario: título que también contiene cuatro capítulos de la novela con el mismo nombre -que quedó interrumpida por su muerte-, junto con los estudios publicados en revistas.
A mano, desde el principio al final y por tres veces, recopió Feraoun su manuscrito del Hijo del pobre antes de enviarlo al editor. Pensó que su vida podía merecer la pena narrarla. Ser testigo de su sociedad, "traducir el alma cabileña" y "mostrar que los cabileños son hombres como los otros".
Contrariamente a sus obras posteriores, la novela La Tierra y la sangre (título cruelmente simbólico para el autor que recibió el premio Populista) y Caminos ascendentes (colección de retratos y escenas natales por la que fue atacado y donde el héroe incomprendido se exilia), El hijo del pobre no tuvo intención de ser obra literaria: "El pobre Menrad es incapaz de filosofar [...] carece de imaginación".
Como muchos textos surgidos de espacios socioculturales, deseó ser una autobiografía -como lo indicaba el título- con valor puramente documental: dimensión subrayada por la ficción del cuaderno escolar del maestro Fourouloud Menrad (en realidad anagrama de Mouloud Feraoun). El narrador, a un mismo tiempo sujeto y objeto, apunta perfectamente al testimonio directo, a un documento interior, pero en un lenguaje que domina -la lengua francesa- porque ha surgido del espacio para el que habla, puesto que es, como profesor y escritor, producto de la cultura a la que se dirige.
Luego, si el texto se presenta como deseo de un testimonio sin pretensión literaria y destinado a una lectura puramente documental, el héroe representativo de la sociedad cabileña no permanece como "hijo del pobre", puesto que por ser profesor, como el autor, nos narra su propia historia y con ese hecho (¿se disculpa?) ensalza la civilización que le ha extraído de la pobreza: a él, que vive "en el país de los ciegos".
Dicha descripción espera una lectura documental, incluso si el lector va a quedar seducido por una gran sonrisa enternecedora, que se encuentra en gran parte del texto. Sin embargo, desde su principio todo el arte del narrador consiste en representar un dual sistema de referencias.
El escritor cabileño nació el 8 de marzo de 1913 y murió asesinado a manos de la organización contra la independencia de Argelia
Obras
Mouloud Feraoun, Le Fils du pauvre, Menrad instituteur kabyle, Le Puy, Cahiers du Nouvel Humanisme, 1950, 206 p. Reed., París, Le Seuil, 1954, 133 pp. Reedición publicada sin el subtítulo y truncada de cincuenta páginas (recogidas en El Aniversario, París, Le Seuil, 1972, 143 pp., bajo el título Fouroulou Menrad). Traducción de la edición de 1954: Malika E. López, El hijo del pobre (Del Oriente y del Mediterráneo, Madrid, 2001, 187 pp.). Presentación:Malika E. López y Gonzalo Fdez. Parrilla. Novela de resonancias autobiográficas.
Mouloud Feraoun, La Terre et le Sang, París, Le Seuil, 1953, 254 pp. Novela.
Mouloud Feraoun, Les chemins qui montent, París, Le Seuil, 1957, 222 pp. Novela.
Mouloud Feraoun, Les poèmes de Si Mohand (edición bilingüe), París, Les Éditions de Minuit. Poemas.
Mouloud Feraoun, Lettres à ses amis, París, Le Seuil, 1969, 207 pp. Correspondencia.
Mouloud Feraoun, Journal, 1955-1962, París, Le Seuil, 1962, 349 pp.Diario.
Puntos de vista
Por un lado, comparte el punto de vista de la cultura francesa de la que forma parte como autor del relato. Por otro, la oposición entre "vosotros", que designa a los turistas, y "nosotros", con el que se identifica a la sociedad cabileña de la que procede, desarrolla la ambigüedad del proyecto literario.
Respuesta significativa a una situación histórica e incluso socioeconómica, y a una vida cotidiana particular: la del hombre colonizado, no desvelado a sí mismo, y buscando ser él mismo. De ahí que la actitud de este maestro parece decir al colonizador: "¡Qué quiere, nuestra gente es así!".
Esta distancia respecto a los suyos -que ofrece el conocimiento-, hace que, por ejemplo, la religión se muestre lejana y discreta. Así, la descripción de las mezquitas del pueblo es reveladora: "También hay dos mezquitas. Tienen manifiestamente menos importancia que las yemáas. Vistas desde fuera, se parecen al resto de las casas vecinas. En el interior, el suelo está cementado y las paredes enjalbegadas con cal. Un vacío desolador en su sencillez. Los ancianos que van allí a rezar parecen pertenecer a otro siglo".
A pesar de haberse expresado discretamente con el fin de no molestar a sus compatriotas, en una época en la que el Islam se ataviaba de prestigio contra la resistencia a una política colonizadora de despersonalización, queda explicíta la ideología laica en este escritor de la primera generación de la literatura magrebí de lengua francesa. Pero de todas formas, sus novelas están esmaltadas con fórmulas de educación piadosas, a veces irónicas, que surgen al hilo de los diálogos y que quedan integradas en ellos en forma de proverbios o refranes, puesto que Feraoun se interesó por la tradición oral así como por su recolección. Prueba de ello es la traducción, entre otras, de Los Poemas de Si Mohand.
Luego, ante todo, es necesario señalar que su obra está sellada con el himno a su patria natal, allí donde están enterrados sus ancestros. Armonía con la tierra, condicionada por una presencia ininterrumpida hacia ella, considerada en cierto sentido como el deber de ser siempre fiel a la gleba.
Luego aunque profundamente vinculado a su terruño, Feraoun no debería ser considerado como un escritor regionalista, puesto que este lazo, en la historia de Cabilia en particular y de Argelia en general, lejos de encerrarlo, no es más que el punto de partida de la historia de un pueblo colonizado combatiendo por lograr su independencia.
Feraoun, discreto, modesto, enemigo de la violencia y vinculado al humanismo tradicional de la Universidad, creía firmemente en el acercamiento final, entre franceses y argelinos, por medio de la cultura. Como también era consciente de un cierto estancamiento que le producía la náusea de un gran vértigo: "Ante los ojos de mis compatriotas, ante los ojos de los que sufren y luchan, aparezco como alguien tibio y que tiene miedo a alcanzar la verdad. Ante los ojos de los agitadores políticos, no soy más que un vulgar vendido. Para mí, soy simplemente un ambicioso que ha sobreestimado su responsibilidad de escritor" (Cartas a sus amigos).
Esta cita extraída de su correspondencia -perdida en su mayoría y mantenida con sus amigos- ofrece reflexiones, pinceladas, retazos de vida, que reflejan el espíritu de un finísimo psicólogo, como lo era Feraoun. Pero, ante todo, reflejan frescura, autenticidad, cuando las cartas no se escriben sabiendo de antemano que van a ser pulicadas.
Sólo el funesto destino del escritor dio lugar a que llegaran a ver la luz.
Diario de una muerte rampante
Entre 1955 y 1962, por tanto casi durante toda guerra de Argelia (los primeros disparos y bombas por la liberación se dejaron oir el 1 de noviembre de 1954), Mouloud Feraoun mantuvo un diario en el que anotaba, cada día, todos los acontecimientos que veía producirse a su alrededor, en especial los relativos al combate de Argelia contra Francia por lograr su independencia.
Una atmósfera angustiosa, agobiante, impregna estas páginas que tal vez sean las más hermosas escritas en plena guerra argelina, debido, en especial, a su tono intenso, fiel a la realidad.
Crónica de años sangrientos, desgarradores para ambas partes en conflicto, pero, tal vez, más para Feraoun, que compartía su solidaridad con los suyos y que, por entonces, también era director de una escuela francesa.
Drama, por tanto, visto con toda la terrible agudeza. El miedo visceral, la muerte presente, citándose, cada noche, al volver la esquina de una calle.
Testigo de su tiempo, según su calidad temperamental y humana, confiesa Feraoun: "Los que han sufrido, los que han muerto podrían decir cosas y cosas. Yo he deseado, tímidamente, decir algo en su lugar.Y lo digo de todo corazón, con lo que puedo tener de discernimiento y de consciencia ".
Una profunda ambigüedad se reaviva en el alma del escritor: "Cuando digo que soy francés, me otorgo una etiqueta que los franceses rechazan. Me expreso en francés, he sido formado en la escuela francesa.
Conozco tanto como un francés medio. ¿Pero qué soy yo, Dios santo? ¿Es posible que existan tantas etiquetas y que yo no tenga la mía? ¿Cuál es la mía ¡Que me digan lo que soy! ¡Ah! Sí, querrían tal vez que finja creerlo. No, no es suficiente".
Nos encontramos ahora en diciembre de 1955. Por parte de los compatriotas argelinos, se le reprocha a Feraoun predicar la asimilación con el francés. Entonces, perplejo, anota en su Diario: "Mis personajes se han vuelto hacia Occidente y esperan todo de Occidente [...] Mis compatriotas esperan de mí o habrían esperado libros más audaces, libros nacionalistas, predicando el divorcio y nada más. El divorcio de un matrimonio en el que nosotros solos correríamos con el gasto".
Titubeante ya -ante todo desgarrado-, presintiendo que cualquier hecho narrado o cualquier otro detalle observado puede convocar la desgracia en lugar de aliviarla, Feraoun se mantuvo, pudoroso, a cierta distancia y en cierto silencio. Pero, ahora, definitivamente, se pronuncia a quemarropa: "Lo cierto es que jamás existió unión. Los franceses permanecieron aparte. Los franceses permanecieron extranjeros. Creían que Argelia era ellos. Ahora que nos consideramos bastante fuertes o que los creemos algo débiles, les decimos: No, señores, Argelia somos nosotros. Vosotros sois extranjeros en nuestra tierra. ¿Qué hubiera hecho falta para amarse? Conocerse, primero, ahora bien no nos conocemos [...]. Durante un siglo, nos hemos codeado sin curiosidad, no queda más que recoger esta indiferencia reflejada que es lo contrario al amor".
Su drama, su grandeza también, fue ser hombre fiel a los valores de moral universal. Respetuoso, honrado, enemigo de toda violencia -ante la que tuvo que ceder-, su conciencia rechazaba cualquier muerte y condenaba los excesos que justificaban cualquier fin. Pero, también, va sintiendo flaquear su fe depositada en el hombre.
Y, como Tomás Hobbes, olfatea que, en ciertos instantes, el hombre es un lobo para el hombre: "Ahora he comprendido. Inútil ir más lejos. Puedo morir hoy, ser fusilado mañana: sé que pertenezco a un pueblo digno que es grande y permanecerá grande, sé que acaba de sacudir un siglo de sueño donde una injusta derrota lo ha sumergido, y que nada ya lo volverá a sumergir en él, que está dispuesto a caminar hacia adelante para asir a su vez esa antorcha que se arrancan los pueblos, y sé que la guardará mucho tiempo".
Vil asesinato
Su vil asesinato, en El-Bihar, puso fin a este Diario suyo. En 1959, tres años antes de caer por tierra, en una carta a su amigo y escritor francés de origen español, Emmanuel Robles (en otoño de 1950 le dedicó El Hijo del pobre:
"A R., con el riesgo de parecerle ridículo"), le explicaba que Camus y los demás escritores de la que se denominó Escuela de Argel -a la que Robles también pertenecía- habían sido quienes primero dijeron a los argelinos, "esto es lo que somos. Entonces nosotros, por nuestra parte os hemos respondido: esto es lo que somos. Así comenzó entre vosotros y nosotros el diálogo.
Quedó en suspenso. Fue necesario batirse".
Difícil comunión, en toda su verdad; tanto más cuanto que el magrebí sentía su identidad tocada en la mayor profundidad.
Emmanuel Robles, que conocía bien a Feraoun -a quien había "lanzado" desde que entró en la Escuela Normal de Bouzaréa en Argel y que colaboró en la revista Le Profane que el mismo Robles dirigía-, lo describió así: "Un muchacho muy tranquilo, muy dulce y muy estudioso. En la escuela, era el que más leía: ¡devoraba! Sentía culto por los [escritores] rusos -que le marcaron mucho- y por los escritores franceses del siglo XVIII. Fui yo quien hizo que descubriera a los americanos: Dos Passos, Faulkner. Él no conocía más que a Hemingway" Ante todo, era feliz Feraoun porque Argelia y los argelinos estuvieran presentes en la literatura, como hombres con los mismos valores a otros hombres bajo otro firmamento.
Driss Chraïbi, autor marroquí que he traducido y ya conocido, lo defendió -él que igualmente había sufrido tanto- con su tono lúcido y sin vuelta de hoja: "Con riesgo de resultar odioso, yo también le debo el haberme enseñado la paciencia y la ausencia total de pasión".
Y otro escritor prolífico marroquí, Abdelkébir Khatibi, añadió: "Hombre generoso y prudente, ganado un poco tarde para la causa nacionalista y que no quería hacer daño a nadie.
¿Era posible en un mundo de odio, de violencia y de lucha encarnizada?".
Feraoun, de ingenua voluntad, deseó servir de frontera entre unos y otros: su pueblo y los franceses nacidos en suelo argelino. Aquellos que venidos de Francia o con algunas raíces en Argelia la llamaban patria, una patria singular formada por varios pueblos, a un mismo tiempo enlazados y divididos por la historia, a la búsqueda, en largo conflicto, por la unidad.
Pero Malek Haddad, escritor también argelino de elevada poética escritura y que silenció su pluma ante tanto desgarro, se había ya pronunciado: "No es argelino quien quiere serlo. El escritor es más producto de la Historia que de la Geografía".
En alerta ya su intuitiva alma o tal vez sintiendo la cercana muerte rampante inundando sus vísceras, Feraoun escribió una carta, en 1962, al escritor francés del Magreb Jean Pélégri, con motivo de haber sido asesinado por la O.A.S. un amigo común europeo: "Con Robert es un poco todos vosotros, europeos, a quienes han matado.Y si un día la cosa me sucediera, podréis llorar también, pensando que conmigo es un poco todos vuestros hermanos musulmanes -los que a vosotros se asemejan- quienes han caído".
Novelista por excelencia de la tierra cabilia, al lado de Mouloud Mammeri, Malek Ouary y Marguerite-Taos Amrouche, su obra permanecerá para siempre como testimonio valioso de la sociedad argelina.
En Tizi-Hibel, donde nació pobre el 8 de marzo de 1913, descansa el cuerpo de este escritor cabileño, Mouloud Feraoun, cuyo pensamiento más doloroso, al igual que el de Jean Amrouche, era morir y ser enterrado en tierra extranjera.
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http://dzlit.free.fr/lmerinoa1.html#260502