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akrouh
11/01/2007, 02h55
El infortunio del profeta

MANUEL TALENS


El escritor argelino Tahar Djaout fue asesinado por fundamentalistas de su país en 1992. Este libro póstumo, Le Dernier Été de la raison, fue encontrado entre sus papeles, todavía sin pulir, y es por lo tanto una recomposición de su editor francés, Seuil, que ha ordenado todos los elementos y le ha puesto título. ¿Qué se puede decir de él?

Se trata de un texto narrado en tercera persona de un presente de indicativo absoluto. La acción se va desarrollando conforme avanza la narración. La voz narradora, de una omnisciencia no divina, permanece muy pegada al protagonista, de tal manera que es casi un alter ego de voz narradora en primera persona. Leído desde el presente con la distancia del tiempo –en el año 2001–, cuando todos conocemos el marasmo en que el fundamentalismo islámico por un lado y el gobierno del FLN que surgió de la guerra de la independencia por el otro han sumido a la tierra de Argelia, lo menos que se puede decir es que Djaout fue un profeta que supo adelantarse y predecir el futuro, además de pagar con la vida su osadía, pues los hechos que hoy conmueven el mundo en Afganistán –el país que mejor se adapta a su profecía, mucho más que la propia Argelia– le han dado la razón.

En efecto, asistimos en su libro a un régimen islámico que parece calcado punto por punto del de los talibanes, con un jefe supremo que confiesa no haber leído más que el Corán, que no jura más que por Mahoma y que persigue todo lo que no se adapte al Libro sagrado. Conforme va descendiendo la escala social, los denominados Hermanos Vigilantes son un alter ego de las milicias talibanes, que controlan usos, costumbres y desviaciones con mano de hierro. Las mujeres van tapadas por completo, los hombres –barbudos– visten “al modo afgano” (¡increíble capacidad profética de Djaout!) y los niños, endoctrinados desde pequeños en los versículos coránicos por imanes despóticos, no tienen posibilidad de salvación espiritual desde el lado laico. Todo es aquí desolación, falta de futuro, páramo intelectual, una especie de Brave New World huxleyano, pero visto desde el lado musulmán.

El personaje principal, el librero Boualem Yekker –la elección de un oficio así no es casual ni inocente–, se enfrenta y resiste a dicho estado de cosas, lo cual no hace sino aumentar su ostracismo y su aislamiento, ya que toda su familia, su mujer y sus dos hijos, lo abandonan y sólo le queda el consuelo de la amistad con otro paria social, el antiguo músico Ali Elbouliga, al que ni siquiera le queda la posibilidad de tocar su mandolina, ya que la música ha sido prohibida en el país.

Una vez establecido este escenario, el libro transcurre desvelando la línea descendente de la existencia del librero, que se ve sometido a vejaciones, pedradas, llamadas anónimas y amenazas de muerte, y todo termina con un tono desesperanzado y angustioso, con la pregunta ¿volverá algún día la primavera?

Se trata, sin duda alguna, de un libro muy valiente, que postula la libertad de la razón frente a las sandeces de la religión. Es, además, un alegato a favor de los libros y de la literatura universal como alimento espiritual –los grandes autores de todas las culturas son ensalzados por el librero como ejemplo a seguir– frente a la intransigencia. Pero el librero, lúcido como pocos, sabe que esos mismos libros son también el origen de su perdición bajo un régimen como el que sufre su país:

Il sait que les livres constituent ses fenêtres sur le monde, mais il a aussi conscience qu’il est leur prisonnier. (pág. 66)

De hecho, al final, el gobierno lo separa de los libros y cierra su librería, algo que Boualem siente como un golpe mortal.

Se trata, en segundo lugar, de un libro sobre la capacidad de soñar y sobre memoria necesaria como armas frente a la barbarie:

Ces moments de rêverie sont autant de mirages rafraîchisants qui adoucissent l’implacable sécheresse du monde. La vie a cessé de se conjuguer au présent. Boualem fait partie de ces personnes atteintes d’une nouvelle maladie: un surdeveloppement de la mémoire. (pág. 15)

El estilo de Tahar Djaout es muy hermoso, fluido, lleno de imágenes bellísimas. Cuando quiere dar la impresión de universo sin salida, dice, por ejemplo, les jours du rêve sont comptés y, para describir el ambiente pesado que lo envuelve todo, no duda en echar mano de la atmósfera, con adjetivos sorprendentes: la pluie est vite passé, même si le ciel conserve une couleur bilieuse.

Hasta aquí no he dicho ni una sola vez que este texto sea una “novela”, y es que creo que su ficcionalización es algo forzada. Quizá se deba, como he dicho antes, a que el tiempo ha cumplido la profecía de Tahar Djaout, y no hay peor destino para un amor, para una profecía o para un anhelo que su cumplimiento. Lo que Tahar Djaout pretendió hacer en su libro era una tesis, un ensayo: la condena de cualquier régimen religioso y la glorificación de la libertad. Sin embargo, lo que ahora leemos, amañado por el editor, es una novela y eso desconcierta.

La voz narradora, que en un ensayo hubiera podido decir lo mismo sin que nadie se lo echase en cara, aquí juzga mucho, da opiniones, condena, fulmina, y eso es peligroso en un texto de ficción, ya que el lector inteligente, al que le gusta masticar, termina por cansarse de que le den todo en una papilla. Los personajes del librero y del músico parecen una excusa intercalada entre los múltiples ejemplos de arbitrariedad política y social que la voz narradora nos va librando en cada uno de los capítulos. Dicho de otro modo, no hay aquí creación de universo narrativo, se trata de una suerte de panfleto de altura, pero panfleto al fin. No me cabe duda de que si extrajésemos todas las alusiones a los personajes y dejásemos el texto bajo forma de ensayo, de un ensayo en el que Tahar Djaout procediese a la misma denuncia desde su propia voz personal, la fuerza de dicha denuncia sería mucho más poderosa.

Por eso, creo que el error fue convertir artificialmente en novela lo que era un grito de protesta. Por supuesto, dadas las vicisitudes de publicación, habría que ver cuáles eran los papeles que han manipulado en Seuil para ver a quién hay que echarle las culpas… y es que no hay cosa más traicionera que hacer decir a alguien lo que quizá no dijo… cuando ya no puede protestar.

Encima, como para complicar más las cosas, la televisión y la historia reciente nos ha ido desvelando poco a poco, bajo forma de reportajes, todas las canalladas que los talibanes/Hermanos Vigilantes infligen a su población, con lo que el posible lector de este libro se ve envuelto en un tufo de déjà vu, de cosa obvia y archisabida. Mal asunto para un texto que, con todo, es hermoso.



2001









http://www.manueltalens.com/articulos/resenas/raison.htm

akrouh
16/01/2007, 23h36
En el 10º aniversario del atentado terrorista del poeta y periodista Tahar Djaout: La sonrisa tímida del hombre queda difuminada, pero su voz poética se oirá por siempre en su escritura.

Leonor Merino
( Drª de la Universidad Autónoma de Madrid,
traductora y autora de Encrucijada de Literaturas Magrebíes )


Tahar Djaout había nacido en 1954 en Azeffoun en la Kabilia marítima. Pasa su infancia y adolescencia en la Casba de Argel. Realiza estudios de Matemáticas en la Universidad de Argel (1977) y de Ciencias de la Información y de la Comunicación en la Universidad de París II (1985). Primero, como periodista profesional, cronista y editorialista de la revista Algérie-Actualité, toma parte de una manera continuada en los debates políticos, lingüísticos y culturales de Argelia. Y más tarde, con la energía tranquila que le caracterizaba, no cejó de denunciar las taras de una sociedad y sus males destructores en la revista Ruptures que dirigía. Su joven andadura está jalonada por una obra, premiada en dos ocasiones, que consta de poemas y novelas.
Su poesía (Solstice barbelé, 1973-1974, L'Arche à veau-l'eau, Insulaire et Cie, L'Oiseau minéral, L'Étreinte du sablier y Pérennes. Poésies: póstuma) destaca por su vigor y retorno a la grandeza de una antigua memoria que manifiesta, al mismo tiempo, la nostalgia de la infancia, el resurgimiento del sur, el viaje, la nominación de los seres y las cosas.
Sus novelas (L'Exproprié, Les Chercheurs d'os, Les Rets d'oiseleur, L'Invention du désert, Les vigiles y Le Dernier été de la raison : póstuma) se caracterizan por su originalidad, por la búsqueda de un espacio de pureza, a veces teñida de causticidad y de sana ironía. Obras que dan muestra del ritmo poético de su escritura y en las que el héroe se encuentra doblemente expropiado del espacio natal y de sus palabras, pero siempre lúcido en una ciudad adormecida, anquilosada, que no sabe responder a los interrogantes de una juventud que ya no puede vivir en la hipocresía.
El poeta nos da cuenta, en su obra, no del vértigo sufrido sino de su vasta ciudadanía. Este escritor hablaba siempre de su piel provisional, como si se sintiera en mutación, para recubrir su piel original, esas raíces cabileñas remotas, ese paganismo ancestral y esa comunicación carnal con la tierra, ese amor por Argelia: Creo que un escritor argelino es un escritor de nacionalidad argelina y la mirada que pueda dirigir a su alrededor y al mundo no puede ser más que una mirada argelina, mirada que enriquecerá a Argelia más aún cuando la inscriba en un contexto de valores universales.
No sólo el rigor atraviesa su escritura, y su sueño era la paz de los suyos, sino que participaba en las preocupaciones de la literatura contemporánea entre la que contaba con numerosos amigos. Su defensa brava de los derechos del hombre, dondequiera que se hallara, se debía a su pluma humedecida en poesía y coraje.
Su mediana y elegante figura despedían fraternidad. Su decimonónico bigote enmarcaba una amplia y sincera sonrisa, tras la que se agazapaba la timidez y la humildad. Su tono de voz caluroso, afable, resuena aún por aquellas recién regadas aceras de la Carrera de San Jerónimo y de la Plaza de Santa Ana, cuando vino al Coloquio "Maghreb-Europa", celebrado en el Círculo de Bellas Artes de Madrid, el 2 de junio de l992: justo un año antes de morir en Argel, tras varios en días en profundo coma por atentado terrorista, perpetrado el 26 de mayo de 1993.

El aire madrileño conserva aún el calor de su contacto cuando juntos, al lado de la risa contagiosa de Nabile Farès, mirábamos, con corazón ligero e indolente, el vuelo del pájaro que Tahar Djaout cantó: Maestro tejedor y geómetra, he aquí al pájaro ordenador de formas y arquitecturas celestes [...] Por la perfección del vuelo, por la exactitud de trapecista y por la autoridad en las estaciones, el pájaro es dueño de los relojes de arena. Es clavija que consolida el edificio volátil del cielo, es puntuación necesaria al tiempo que gotea el olvido.

Este joven poeta argelino habló del amor con naturalidad y violencia, y supo también con sus manos separar la violencia donde la mariposa del alma se gira, con ese semblante de luz, para ir en búsqueda de la fuente. Pero existen ciudades - se lamenta el poeta - donde es horrible tener veinte años; veinte años que uno querría tirar por la ventana, sobre todo cuando vuelve a ver a su prima reducida a la virtud de procrear. Sin embargo, subsiste mi poema, escudo en el que el refugiado ampara sus últimos pingajos y atiza su último aliento, como un parto subversivo.
Y este sensible poeta, que teme lacerar el sueño de los otros, él, el áfono, con sus pensamientos en desbandada, farfulla con rostro de protesta, mientras los potentados dan orden de encarcelar a ese gran consumidor de sueños.
Poeta intuitivo que cantó al mar al identificarse con su resaca, y que habló también del bosque, de la agonía de la higuera, de su país, de los astros que han sido enlatados para enamorar al turista, de la errancia, del exilio, del rechazo y la soledad de los hombres.
Pero en Djaout existe también una profunda y pagana alegría de vivir, comprendida entre la dificultad cotidiana y la insulsez de ciertos ambientes, que en alguna medida se aproximaría a su compatriota Farès.
Su obra entera representa constantemente una subversión de lo ya confirmado, un estallido de todas las fórmulas convenidas y de todos los conformismos. Si los primeros textos en ocasiones son agresivos en ese sentido, luego será cada vez más el humor el que se revelará como arma más eficaz que el anatema, pero siempre la poesía dará un cálido aliento a toda su obra.
¡Tahar!: [tus] treinta [y nueve años] se [te] han quedado como arpón a través de la garganta. Sin embargo, [te] era preciso avanzar, empujado por manos invisibles. Avanzar hacia el lugar de la infancia y hacia la muerte, hacia la respiración de las calles de Argel - que detestaste y amaste -, porque es siempre con sensación confusa como encuentro este lugar que amo y odio por igual, Argel segunda ciudad de mi infancia, Argel donde debo cada vez detenerme antes de reemprender viaje para encontrar un poco más lejos, tierras adentro, la sepultura donde duerme, momificado e intacto, el recuerdo de mis primeros años, muesca de luz y de belleza mugrienta.
Hace algún tiempo que reposas en tu querida tierra cabileña, pues nadie, como tú, sabía que la naturaleza es infatigable asesina, infatigable paridora; nadie, como tú, sentía el humus de esa tierra, y que la henna es planta de Arabia, y que el benjuí es perfume de Arabia. Todo lo que viene de allí colorea, perfuma y sana. Por eso de niño soñaba[s] con ir allí en la migración de las golondrinas, en el instante en el que sus volutas siderales se pierden en el fluido del cielo.
¿No decía el poeta: El silencio es la muerte / Y tú, si hablas, mueres / Si te callas, mueres / Entonces, habla y muere?
¿Qué es lo que nos queda, entonces? Sólo nos queda ser capaces de actos de vida con este homenaje, y de proclamar que la travesía del desierto no ofrece temor y que el honor de ser escritor, de ser poeta, es el gran honor que nuestro Tahar Djaout mereció.

No se verá ya más la sonrisa tímida del hombre, pero su voz poética resonará por siempre en su escritura.


Amigo,

cuando llueve,
la tierra huele
a humus, a hierba.

Eres tú que bajo el suelo
tu esencia expandes,
sobre Kabilia, los mares.

Eres tú, Amigo mío, acunado por el viento.
(versos inéditos de la autora)