Gofio
18/12/2005, 02h29
Todos los pueblos construyen su identidad a través de la memoria. Las formas históricas del pasado atraviesan el tiempo y perduran no sólo en los objetos y en las fechas, también se instalan en las ideas y en los actos. Pero crecen o callan según las cambiantes necesidades e intereses de los nuevos protagonistas, porque son las contradicciones sociales de cada época las que determinan los usos de la historia.
Que, en nuestros días, la noción de patrimonio histórico y cultural quede circunscrita a una colección de bienes inventariables, mejor o peor dispuestos para su explotación turística, acaso pueda pasar como una hábil estrategia mercantil en una sociedad extravertida. Pero resignar, por ejemplo, la valiosa creación de conocimientos y recursos productivos que han acumulado los campesinos isleños, aplicados durante años a una sensata gestión ambiental que desaparece, denuncia la debilidad estructural de un modelo social que, hoy como ayer, apareja postulados conservacionistas sólo al servicio de un perfil más especulativo.
Algo similar sucede con ese ingrediente del patrimonio que pertenece a la herencia prehispánica, con demasiada frecuencia asaltada por los designios económicos o políticos de ciertos grupos y, casi siempre, olvidada por las instituciones que deben velar por su preservación, estudio e integración en la sociedad.
Quizá, el mayor desamparo afecta al acervo lingüístico que tiene su origen en las antiguas hablas amazighes (o bereberes) del Archipiélago. Los testimonios directos que aún subsisten, inscripciones grabadas sobre piedra, madera o cuero, gozan de alguna protección, pero poco o nada se ha estimulado su cuidado y su análisis científico. Como tampoco se atienden adecuadamente las fuentes etnohistóricas y oficiales que produjo la colonización europea, casi tan importantes para conocer aquel sistema de comunicación como para entender la formación y el desenvolvimiento del español hablado en Canarias.
Porque también las lenguas mudan la piel con alguna frecuencia. Aunque pocas veces obedece a un proceso consciente, casi nunca se trata de una operación casual o aséptica. Como no lo fue la extensión ibérica del castellano o la expansión atlántica del español, que absorbió elementos vascos o portugueses, árabes o amazighes, quechuas o aztecas, y aprestó el definitivo eslabón de un acontecimiento más vasto: la constitución estatal y clasista de algunas nacientes burguesías europeas.
La deriva semántica de las palabras, que recorre las lenguas y a menudo viaja con las razones del hablante, ilumina algunos trazos significativos de esos itinerarios que se imbrican y que aceptamos sin detenernos a pensar en ellos.
En la antigua Mesopotamia, por ejemplo, mediado el tercer milenio antes de nuestra era, los acadios utilizaban la voz mushkenu para designar a los 'campesinos pobres'. El concepto llegó a otra lengua semítica, el árabe, bajo la forma miskínun, ahora atribuido a cualquier 'pobre o indigente'. De aquí, entró en el español como mezquino, donde añadió al valor de 'pobre' la condición de 'avaro' y 'pequeño o diminuto'.
Ese trayecto se parece bastante al que ha padecido el insulismo mago, adoptado en español como sinónimo de 'campesino' y, menos piadosamente, de 'bruto'. Pero la torsión semántica se dilata si observamos su origen.
La etimología primaria del término remite a la idea de 'iluminar, encender(se), alumbrar o prender (fuego, luz)', circunstancia que desencadena la 'aparición' de todo aquello que, de otro modo, se mantendría oculto. Por eso, en algunas hablas insulares es posible encontrar referencias al 'Sol', caso de mag, magegh, maggWt o maggWid, cuya morfología expresa su participación en este concepto. Pero el campo semántico no se agota aquí.
Además, para designar a los 'fantasmas' o 'aparecidos' se recurrió a una voz del mismo ámbito: maghu, esto es, los maxios o majos que conocemos por la transmisión etnohistórica, alguna vez llamados también magos. Pero no estamos ante un error o una simple coincidencia gráfica. En la antigua cultura amazighe del Archipiélago, un 'aparecido o encantado' actúa como un 'espíritu', es decir, como un ser inmaterial que contiene tanto un alma sutil como vegetativa, conceptualmente separadas en los dialectos continentales (y tal vez en Canarias, aunque carecemos de restos léxicos al respecto).
Por tanto, la expresión mago, o su variante maghu, denotan la condición substantiva de un 'individuo, ente o ser humano' hecho de idéntica luz que el Sol. Una noción que sólo de manera muy laxa se podría traducir en español como 'persona', siempre que olvidemos la 'máscara de actor' que recibió este nombre en latín.
[Publicado en el periódico El Día, 29 de mayo de 2001]. Por Ignacio Reyes
Que, en nuestros días, la noción de patrimonio histórico y cultural quede circunscrita a una colección de bienes inventariables, mejor o peor dispuestos para su explotación turística, acaso pueda pasar como una hábil estrategia mercantil en una sociedad extravertida. Pero resignar, por ejemplo, la valiosa creación de conocimientos y recursos productivos que han acumulado los campesinos isleños, aplicados durante años a una sensata gestión ambiental que desaparece, denuncia la debilidad estructural de un modelo social que, hoy como ayer, apareja postulados conservacionistas sólo al servicio de un perfil más especulativo.
Algo similar sucede con ese ingrediente del patrimonio que pertenece a la herencia prehispánica, con demasiada frecuencia asaltada por los designios económicos o políticos de ciertos grupos y, casi siempre, olvidada por las instituciones que deben velar por su preservación, estudio e integración en la sociedad.
Quizá, el mayor desamparo afecta al acervo lingüístico que tiene su origen en las antiguas hablas amazighes (o bereberes) del Archipiélago. Los testimonios directos que aún subsisten, inscripciones grabadas sobre piedra, madera o cuero, gozan de alguna protección, pero poco o nada se ha estimulado su cuidado y su análisis científico. Como tampoco se atienden adecuadamente las fuentes etnohistóricas y oficiales que produjo la colonización europea, casi tan importantes para conocer aquel sistema de comunicación como para entender la formación y el desenvolvimiento del español hablado en Canarias.
Porque también las lenguas mudan la piel con alguna frecuencia. Aunque pocas veces obedece a un proceso consciente, casi nunca se trata de una operación casual o aséptica. Como no lo fue la extensión ibérica del castellano o la expansión atlántica del español, que absorbió elementos vascos o portugueses, árabes o amazighes, quechuas o aztecas, y aprestó el definitivo eslabón de un acontecimiento más vasto: la constitución estatal y clasista de algunas nacientes burguesías europeas.
La deriva semántica de las palabras, que recorre las lenguas y a menudo viaja con las razones del hablante, ilumina algunos trazos significativos de esos itinerarios que se imbrican y que aceptamos sin detenernos a pensar en ellos.
En la antigua Mesopotamia, por ejemplo, mediado el tercer milenio antes de nuestra era, los acadios utilizaban la voz mushkenu para designar a los 'campesinos pobres'. El concepto llegó a otra lengua semítica, el árabe, bajo la forma miskínun, ahora atribuido a cualquier 'pobre o indigente'. De aquí, entró en el español como mezquino, donde añadió al valor de 'pobre' la condición de 'avaro' y 'pequeño o diminuto'.
Ese trayecto se parece bastante al que ha padecido el insulismo mago, adoptado en español como sinónimo de 'campesino' y, menos piadosamente, de 'bruto'. Pero la torsión semántica se dilata si observamos su origen.
La etimología primaria del término remite a la idea de 'iluminar, encender(se), alumbrar o prender (fuego, luz)', circunstancia que desencadena la 'aparición' de todo aquello que, de otro modo, se mantendría oculto. Por eso, en algunas hablas insulares es posible encontrar referencias al 'Sol', caso de mag, magegh, maggWt o maggWid, cuya morfología expresa su participación en este concepto. Pero el campo semántico no se agota aquí.
Además, para designar a los 'fantasmas' o 'aparecidos' se recurrió a una voz del mismo ámbito: maghu, esto es, los maxios o majos que conocemos por la transmisión etnohistórica, alguna vez llamados también magos. Pero no estamos ante un error o una simple coincidencia gráfica. En la antigua cultura amazighe del Archipiélago, un 'aparecido o encantado' actúa como un 'espíritu', es decir, como un ser inmaterial que contiene tanto un alma sutil como vegetativa, conceptualmente separadas en los dialectos continentales (y tal vez en Canarias, aunque carecemos de restos léxicos al respecto).
Por tanto, la expresión mago, o su variante maghu, denotan la condición substantiva de un 'individuo, ente o ser humano' hecho de idéntica luz que el Sol. Una noción que sólo de manera muy laxa se podría traducir en español como 'persona', siempre que olvidemos la 'máscara de actor' que recibió este nombre en latín.
[Publicado en el periódico El Día, 29 de mayo de 2001]. Por Ignacio Reyes